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sábado, 9 de mayo de 2015

Flores


Montse

El caso es que aquella tarde fue la más hermosa de la primavera; las hojas, de un verde nuevo, eran grandes ya y cumplían sus funciones con el vigor de órganos juveniles; la savia recogía del suelo húmedo sustancias embriagadoras; todo el campo estaba lleno de flores silvestres y unas nubecillas se iban aproximando con lentitud al Poniente, preparándose para organizar una fiesta de colores al marcharse el sol. Quiso la suerte que una leve brisa acudiese a meter sus dedos suaves entre la cabellera de la fronda, tupida y olorosa como la de una novia, y bajo aquella caricia la fraga ronroneó un poquito, igual que un gato al que rascasen la cabeza, y luego se puso a cantar.
El bosque animado, Wenceslao Fernández Flores
(Espasa Calpe, 1986) 

Mi flor preferida es la amapola, seguida del girasol. Ambas son flores de verano, de campo, silvestres. Y las asocio a mi infancia, que pasaba en el pueblo donde mis abuelos maternos vivían, en Pelayos de la Presa, a unos 60 km. de Madrid. 

Es curioso lo que nos ocurre con la edad. Cuando era pequeña, ya entrando en la adolescencia, y tocaba ir a Pelayos me parecía un horror, y deseaba quedarme en Tenerife (a partir de los 14 o 15 años dejé de ir); no porque aquí tuviera más opciones de ocio o de relaciones (en mi adolescencia era una persona realmente solitaria, que apenas me relacionaba con los demás y que buscaba con toda mi energía que nadie quisiera relacionarse conmigo... especialmente mi familia...), sino porque ir a Pelayos implicaba convivencia con la familia en un entorno que no era el mío (siempre he sido tremendamente territorial).

Ahora, cuando recuerdo los veranos pasados en el chalet de Pelayos, siempre lo hago con cariño; los juegos con mis hermanos, las charlas en el porche hasta las tantas, la siesta oyendo a las chicharras (imposible salir en agosto al mediodía), los baños en el pantano de San Juan, las arañas y las hormigas (vale, eso no me gustaba demasiado), la ducha y el barreño en donde nos remojábamos, cuando no bajábamos a la piscina o no íbamos al pantano, el almuerzo de mi abuelo, tan abundante y que siempre nos dejaba probar (incluso el vino; me encantaba beber de la bota... hoy en día no sé si se consideraría negligencia jajaja), la petanca por las tardes (mirar, jugaban los mayores), y tantas y tantas cosas...




Y entre todos estos recuerdos están muy presente los árboles y las flores. La higuera, especialmente (siempre que paso cerca de una higuera y la huelo, me vuelve la nostalgia) y las amapolas que crecían en los campos de alrededor; cuando íbamos a las rocas (una zona con unas tremendas rocas de granito... o de lo que fuesen) el campo estaba lleno de amapolas, o al menos así lo recuerdo yo.

Que la edad es traicionera; nos vuelve nostálgicos y reviste nuestros recuerdos de un color y un olor especial. Y, a veces, hasta se los inventa...

Hay muchas canciones sobre flores, tanto en inglés como en español; pero esta canción de Juan Luis Guerra (desde que escuché por primera ves su Ojalá que llueva café en el campo me quedé prendada de sus canciones) me parece la opción idónea para hoy.


 
 De su disco Ni es lo mismo, ni es igual (Karen Records, 1998)